Mejor ahora, que mañana.

La última vez que es

cribí fue hace más de un año, para desahogar el dolor de una madre, amiga mía, que había perdido a su hijo a causa de las pandillas. Usualmente escribo cuando mi cuerpo ya no puede sostener un garabato de ideas, emociones, agradecimiento o decepciones. Sin tiempo, ni estilo, ni forma. Desde hace mucho, necesitaba hacerlo, pero al mismo tiempo me negaba a hacerlo. Es más fácil dejarse llevar por el ruido del día a día que escucharse a uno mismo.

Esta vez no tengo un tema en especial, sino que quiero escribir para reflexionar conmigo misma sobre mi aprendizaje y desaprendizaje de los últimos meses… o años. Creo importante poner un punto en la página, hacer una pausa y ver hacia atrás para saborear los recuerdos, el dolor y la alegría que he dejado atrás, pero que han formado una nueva versión de mí misma.

El problema es que no sé cómo comenzar. Quizás la manera de hacerlo sea recordarme a mí misma hace unos años: una Karla centrada extremadamente en su trabajo, sintiendo que estudiar la carrera que estudiaba había sido un error, que se sentía en una burbuja, que veía como un pecado de productividad mirar una serie o salir por un café con sus amigos, pero visualizando un plan de vida en linea con su deseo de trabajar contra la injusticia que viven los más vulnerables. Ahora, una Karla un poco más desubicada, siguiendo un poco menos las reglas, menos insegura, con los mismos sueños que antes, pero un poco más relajada, valorando más a las personas importantes en su vida, pero siempre con un plan académico y profesional claro que sigue tratando de cumplir. Ambas Karla me gustan, y a ambas les agradezco muchísimo.

De todos estos cambios creo que hay uno más evidente: el amor hacia mí misma. Fueron años para dejar de pensar que cuidarme a mí era egoísta y una pérdida de tiempo. De alguna manera, me aferré a la frase “Ama a tu prójimo” y entré en un círculo donde estaba dispuesta a abandonar hasta mi último momento de descanso por una causa o por quienes me rodeaban; hasta que entendí la frase completa “ama a tu prójimo, como a ti misma”. Pequeño detalle. Eso implica que antes debía de amarme a mí misma. Obviamente, me pasó factura y me cobró muchas lágrimas. Mi cuerpo se negó a continuar, incluso contra mi voluntad. Luego, comencé a trabajar más de lleno en temas de derechos humanos, donde aprendí a reconocerme como un sujeto de derechos y sobre la importancia del autocuidado.

Esas palabras: derechos humanos y autocuidado no estaban en mi mapa mental, hace algunos años. Tuve la oportunidad de poder estudiar una carrera universitaria y de formarme como “una profesional”; sin embargo, había aprendido sobre economía, negocios, política, productividad, etc, pero nunca sobre derechos humanos. Verme como un sujeto de derechos fue un quiebre necesario. Comencé una etapa de autodescubrimiento y a aprender que decir lo que pienso y hacer lo que quiero, sin estereotipos, es mi derecho. Me ayudó a comprender que no es correcto callarme para dejar que los demás estén bien, que no debo sentirme culpable por la actitud de los demás y que nadie va a cuidar mi mente y corazón, como yo puedo hacerlo.

Junto a este proceso, hubo particularmente una situación personal que me hizo tocar fondo. Aunque la comparación sea extrema, llegué a entender un poco más el porqué tantas mujeres sufren violencia basada en género: nos enseñan a ser sumisas, a que amar significa sacrificios y que levantar la cabeza y exigir mis derechos es sinónimo de querer buscar problemas, de ser insoportables y dejar de “ser atractivas”. Esto está muy mal, muy mal. Exigir nuestros derechos es en sí mismo un derecho y un deber. Si quiero servir a otros, primero necesito estar bien conmigo misma. Me debo respeto y me debo amor. No debo callar para encajar, ni para que me acepten. Y sí, estoy muy molesta conmigo misma por haberme dejado de último por tantos años, pero como me dijeron por allí “es mejor ahora, que mañana”.  Tengo tan claro cuando una amiga me reclamó: “Cómo es posible que trabajes por los derechos de las mujeres, pero te falles a vos misma de esta manera”. Me debo una disculpa enorme.

Así que ahora decido seguir un poco menos la linea, seguir trabajando mucho por quienes no pueden hacerlo por sí mismos, por estar sumidos en pobreza, violencia e injusticia, pero sin perder el horizonte de quien soy y lo que necesito yo misma para seguir caminando. Lo que merezco como persona. También, me hago el llamado a no perder de vista de donde vengo y que para bailar en la pista de los roles que tienen que jugarse, no es necesario ponerme la misma máscara.

Es mejor ahora que mañana… aunque seguramente mañana tendré otras mil lecciones que compartir. Sigamos.

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