Gritos alarmantes

Parecía una mañana como todas. Descansaba sobre el viejo sofá que mi abuela me había obsequiado. Era tan cómodo que podía pasar días enteros sobre él.  Ya tenía un par de agujeros y algunas esquinas desgastadas, pero su consistencia era la más suave del mundo.

Me acompañaban un par de almohadas color rosa que combinaban perfectamente con el tapiz verde del sofá. Eran mis favoritas, acostumbraba a cubrirme el rostro con ellas para que la luz que entraba por la ventana no me irritara.

Respiraba tranquilamente. Escuchaba todo y nada a la vez. Mis ojos yacían cerrados como siempre. Mis manos se ocultaban entre la sabana que me envolvía. Todo era perfecto. Hasta que, de repente, escuché un grito.

Era el grito de un niño recién nacido. Se notaba su angustia ante todo lo que le rodeaba. Lloraba y lloraba, no había nada que lo calmara. Escuché como su madre dijo que se lo llevaran, que no lo quería ver pues era producto de un error y que no sabía qué hacer con él. Por la voz de la madre, me atrevería a decir que era una joven de unos 17 años. Creo que el pequeño sintió el rechazo, pues continuo llorando cada vez más. – Mírelo-  le dijo el doctor a la joven – puede llegar a ser un gran médico o un excelente futbolista, o quien sabe si será un mediador de la paz en nuestra nación- añadió. – No lo quiero ver – contestó ella. Y el llanto del niño desapareció lentamente entre los cuartos del hospital.

Me quedé un poco asustada, pero preferí seguir descansando. Pensé que había sido un mal sueño. Luego, escuché otro grito.

Esta vez parecía un grito más débil. Era un grito de angustia. Creo que era un chico que acababa de tener una decepción amorosa. – El amor es una farsa – dijo mientras destruía un pedazo de papel. Podría haber sido la primera carta de amor que su novia le había dedicado o una en la que le contaba que lo había dejado de amar. El joven gritaba desesperadamente. Se notaba el dolor por el que estaba pasando. – Todas son iguales – añadió, mientras que su grito se convirtió en una muestra de despecho y rencor.

Me asusté mucho más. ¿Cómo podía ser un sueño?, pero no podía ser nada más, así que decidí intentar dormir nuevamente. Luego de un momento de aparente serenidad, escuché otro grito.

Era un grito de gloría. Así como cuando Cristóbal Colón anunció que había encontrado tierra luego de un esforzado viaje. Había muchas personas celebrando. El grito provenía de un anciano que acababa de ganar la lotería. – Ahora podré hacer todo lo que no hice antes – dijo entre regocijo. – He pasado mi vida trabajando y por fin viviré como siempre quise – mencionó. Por su voz, creo que era una persona bastante mayor, tal vez de unos 68 años. Todos celebraban con él.

Era suficiente. Quizás lo que había comido antes de mi descanso había provocado esos sueños tan extraños. De repente, escuché un último grito, sé que lo había escuchado muchas veces, me parecía muy familliar.

Era el grito de mi conciencia. Había pasado tanto tiempo acallándola que había terminado por explotar. Sí, yo sé que era eso. Me decía que debía levantarme de ese lugar en el cual había descansado por mucho tiempo. Ya era hora de botar ese viejo sofá que me detenía a emprender otras actividades. Las almohadas y la sabana se habían convertido en mi escudo contra nuevas experiencias y retos. Me gritaba desesperadamente que debía de salir, que había un mundo esperándome y que necesitaba mi ayuda. En ese momento comprendí.

Pude haber tenido la oportunidad de ayudar a ese pobre niño que había ido a parar a un orfanato. Si  su madre hubiese sentido que no estaba sola, y quizás pudiera haberle conectado con alguna institución que pudiera apoyarla, quizás el destino de ese pequeño hubiese sido otro. Tuve la  opción de demostrarle al joven enamorado que de las decepciones se aprende, y que si se sabe esperar podría encontrar una persona que lo amara sinceramente. También pude haberle dicho al anciano que disfrutara su vida, que vivimos para ser felices ahora y no dentro de 60 años.

Ese grito de conciencia se tornó extraño. Era una mezcla de alegría, de miedo, de coraje, de sufrimiento… pero fuera como fuera no podía seguir fingiendo que no lo escuchaba. Estaba allí presente, siempre lo había estado.

Me levanté rápidamente, tiré las almohadas y la sábana. Mis ojos comenzaron a ver, mis manos temblaban y mis oídos escuchaban sonidos diferentes. Ese grito había desaparecido. Había sido un grito verdaderamente alarmante; lo suficiente como para despertarme.

 

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