El día es ahora y el lugar es aquí.

Cuatro cuerpos yacían en ese velorio. Hacía mucho calor, pero había mucha gente acompañando a las familias. Yo no conocía a ninguno de los fallecidos, no tenía idea de quiénes eran, ni mucho menos qué había ocurrido. Entré al lugar, caminé entre toda la multitud que me vio pasar con mi ropa colorida, poco adecuada para la ocasión, y mi agenda en mano. Esquivando miradas, di unos cuantos pasos más y llegué a la sala donde sería mi reunión de trabajo. Sí, tendría una reunión de trabajo, en el mismo lugar donde velaban cuatro cuerpos.

Una bebé de unos cuantos meses, su joven madre y su abuela (presuntamente embarazada) yacían a un lado del salón. Enfrente de ellas, estaba el cuerpo de otro joven, de una familia diferente. Los acontecimientos ocurrieron en días diferentes, en horas diferentes y lugares diferentes, pero ahora, iban todos al mismo entierro. ¿Cómo pueden todas estas personas haber tenido este destino? ¿cómo puede una bebé de unos meses haber tenido tal suerte? ¿en qué momento se volvió “cotidiano”? ¿cuándo dimos por perdida una batalla que nunca hicimos?

Este mismo día, los encabezados de los periódicos citan que El Salvador cuenta con un elevado nivel de impunidad, según un reporte del Departamento de Estado de Estados Unidos. Nada nuevo. La misma historia de nuestra débil institucionalidad, donde terminamos la noche con la noticia que han asesinado a dos policías más. Nos sorprendemos, pero no lo suficiente para dejar nuestras comodidades y hacer algo. Esperamos que “ellos”, los que han tomado las decisiones por nosotros desde hace tiempo, que se recetan gastos ostentosos en comodidades y no tienen idea de cómo vive un salvadoreño promedio, sigan tomando las decisiones.

No es fácil. Me reprocho, día a día, que no hago lo suficiente para cambiar las cosas. Vivo esperando “el momento”, en el que el mundo piense que estoy preparada. Cuando tenga suficientes años de experiencia, suficientes cartas laborales, suficientes títulos académicos para estar lista. Mientras tanto, cada día mueren decenas de salvadoreños y otros tantos tratan de migrar del país, en busca de las posibilidades que aquí nunca tuvieron. Me avergüenzo.

¿Qué podemos hacer, nosotros, como salvadoreños? me preguntó una colega hace unas semanas. Me quedé callada.

El día es ahora y el lugar es aquí. Vamos a comenzar a hacer cosas diferentes. Es momento de unirnos como humanidad, de ofrecer nuestro apoyo a causas, ONG’s, fundaciones, iglesias, escuelas o cualquier otro espacio que pueda necesitarlo. Se necesitan estudiantes, psicólogos, deportistas, abogados, mentores, padres, madres, amigos… solo se necesitan personas y corazones dispuestos. Vamos a comenzar a hacer algo, ahora. ¿Cómo? En este momento no lo sé exactamente.

Será un enlace de conocimiento y recurso humano a causas concretas que lo necesitan, haciendo cada uno, lo que mejor haga. Será un par de horas a la semana enseñando a jóvenes a jugar fútbol, será una charla a la semana sobre derechos humanos, será $1 para darle educación a un niño, será una clase de baile, de teatro o de bisutería o una plática de autoayuda. Cosas aparentemente simples que, por ahora, necesitan hacerse.  Sin duda, será una iniciativa hermosa. El primer paso es decidirte a hacerlo. En las redes sociales encontramos cientos de causas que podemos apoyar, pero si necesitas, yo puedo ayudarte a encontrar alguna en especifico  ¿Funcionará? No lo sé, pero, al menos, podemos intentarlo.

 

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